Escrito por José Luis Rivas Mora
Geógrafo costarricense
La cordillera de Talamanca y sus estribaciones guardan un espíritu donde lo real y lo místico conviven sin fronteras claras. Es una geografía que, en la infancia, parecía ordenada y pintoresca en los mapas escolares; pero que con los años reveló su verdadera naturaleza: un territorio aislado, de irregularidad perfecta, con pendientes disímiles, cumbres abruptas y valles agrestes donde la montaña se impone sin concesiones. En ese escenario áspero y profundamente simbólico cobran sentido ciertas vidas que parecen haber sido llamadas por el territorio mismo.
Hablar de John Howard es hablar de uno de esos seres singulares. De origen inglés, falleció el 5 de enero de 2026, a los 81 años, dejando como legado uno de los espacios más enigmáticos y simbólicos del sur de Costa Rica: la Capilla de las Nubes, en el poblado de Olán, cantón de Buenos Aires, enclavada en las montañas donde Talamanca se repliega entre nubes y silencios densos.
Llegó al país impulsado por una visión ocurrida en su natal Inglaterra. Según relataba, un espíritu le indicó el sitio exacto donde debía levantar una capilla, la única —decía— que quedaría en pie tras el fin del mundo. Esa revelación lo condujo a estas montañas solitarias donde, hace más de dieciocho años, se estableció y comenzó a construir, con paciencia y convicción absoluta, un lugar suspendido entre la fe, la naturaleza y el simbolismo. La capilla, levantada en 2006 con troncos caídos tras una tormenta, fue creciendo hasta asemejarse a un pequeño poblado inglés incrustado en la alta montaña tropical.
El sitio es un universo propio: senderos, árboles gigantes, una catarata, hospedaje, una fuente de los deseos y rincones cargados de mensajes, todos construidos con una estética sobria y rústica. Está también el polémico “cementerio de los muertos vivientes”, rodeado por un jardín exuberante donde la balsamina —la humilde “china”— engalana el lugar con colores intensos, como si la naturaleza hubiese decidido participar activamente en la obra.
Conocí a John Howard en 2007. Su presencia era serena, callada, profundamente contemplativa. Al norte, los cerros Utyum lo resguardaban; el río Cañas suspiraba valle abajo. Había en él una coherencia rara entre el hombre y el territorio, como si ambos se hubiesen elegido.





















