José Luis Rivas Mora
Geógrafo y escritor
Tenía doce años cuando mi padre me regaló un Almanaque Mundial 1993. En aquellos años noventa, aún sin internet en casa ni mapas digitales, ese libro fue mi ventana al mundo. Lo leí con devoción. Cada país, cada dato, era un descubrimiento. Sin saberlo, aquella lectura me abrió las puertas de un universo que no se acabaría jamás: la Geografía. Y como todo lo que se atesora de verdad, se alojó para siempre en mi corazón.
Años después, ya en la universidad, escuché a mi profesor don José Eduardo Bedoya Benítez, entonces director del Instituto Geográfico Nacional, decir con sabiduría sencilla: “El campo es el laboratorio del geógrafo.” Y esa frase cobró vida.
Porque la Geografía no se aprende solo en libros, se vive con los pies, se recorre con la mirada atenta y se entiende conversando con la gente. Es llegar de madrugada a Grano de Oro o Chirripó, compartir una leche dormida en Cañas, un ceviche en Bahía Ballena, o cruzar el río Savegre en Pérez Zeledón. Es caminar por horas entre montaña y barro, llegar a comunidades indígenas como Telire o Tayní, escuchar a un anciano decir: “Cuando yo caí aquí, ya al lugar lo llamaban así”, o esperar que un informante vuelva del campo para poder hablar con él.
Son vivencias que no caben en Google Maps. Es conocer de primera mano el significado oculto de un topónimo, las palabras en Cabécar o Bribri que nombran un cerro, un río, un alma. Es entender que muchos de esos nombres ya no se explican, porque quienes los conocían han partido, y con ellos se han ido trozos de historia.
Caminar junto a un baquiano, compartir su idioma y su confianza, es una lección más profunda que cualquier clase. La Geografía así vivida no es solo ciencia, es escuela de la vida. Te enseña a leer el paisaje y también a escuchar su voz. Porque los ríos, las montañas y los caminos también cuentan historias, si uno aprende a ver.
Hoy vivimos en un mundo híper conectado. Podemos volar con un clic sobre Hawái o ver satelitalmente cómo se derriten los polos. Pero también vivimos en un planeta donde aumentan la pobreza, la desigualdad y el desarraigo. La Geografía, más vigente que nunca, nos ayuda a entender por qué. Nos enseña a pensar globalmente y actuar localmente. Nos da herramientas para hacernos preguntas urgentes: ¿Por qué crecen los conflictos por los recursos? ¿Por qué unos tienen tanto y otros tan poco? ¿Qué hemos hecho con la Tierra?
El conocimiento de campo, con sus silencios, caminatas y conversaciones, es insustituible. Es allí donde se rescatan memorias, donde se encuentra sentido, donde se teje identidad. Para el geógrafo, el territorio no es solo un objeto de estudio, es un espejo que refleja quiénes somos.
Aquel viejo Almanaque sigue conmigo. Lo guardo como un mapa del alma. Quizás mi hija lo abra un día. Y si no, si escoge otro rumbo, igual sabré que ese regalo sigue vivo. Porque la curiosidad no se hereda por imposición sino, por ejemplo. Y si alguna de estas palabras despierta el deseo de mirar el mundo con otros ojos, el legado estará cumplido.



















