Anécdota tomada del Libro “Memorias de un Atardecer” de Gerardo Ramírez Marín.
Recuerdo que, de niño, en una ocasión, cuando andaba de cacería con mi padre. Cerca del río Pacuar, los perros sacaron de una cueva a un tepezcuintle, haciéndole buscar refugio en el río; precisamente en el lugar en el que los cazadores lo esperaban para matarlo, ya fuera con un machete o de un balazo, Papá le disparó en la cabeza, pero no nos dimos cuenta si murió o escapaba moribundo, así es que mi padre se tiró a buscarlo. Mientras yo observaba, no soporté el deseo de cooperar en la captura, por eso me lancé al río. Era divertido y emocionante. Lo disfruté realmente. Cuando de repente logré divisar al animal que pasaba en medio de la corriente, sin pensarlo traté de seguirlo, pero lo perdí.
Al percatarme que nadaba a duras penas, arrastrado por la corriente y viendo que llegaba a una inmensa poza, me llené de nervios y sentí ahogarme o realmente estaba en grave peligro de hacerlo. Papá no se percató de lo que estaba sucediendo. Yo caí a la poza y nadé como loco hasta agotar mis fuerzas. Cuando ya me daba por vencido, alguien me gritaba:

Al percatarme que nadaba a duras penas, arrastrado por la corriente y viendo que llegaba a una inmensa poza, me llené de nervios y sentí ahogarme o realmente estaba en grave peligro de hacerlo. Papá no se percató de lo que estaba sucediendo. Yo caí a la poza y nadé como loco hasta agotar mis fuerzas. Cuando ya me daba por vencido, alguien me gritaba:
– ¡Déjese llevar hasta la otra orilla!
Lo sucedido era que yo andaba en contra de la corriente, tratando de salir a la orilla donde me había lanzado, mientras que la persona que me ayudó, continuó gritándome hasta que me rescató al otro lado del río.
Hay momentos en la vida que no se debe mirar atrás, estamos a la mitad del río, en medio de la corriente y en contra de ella no se debe nadar. Quizá no es el momento de devolverse sino de seguir hasta la otra orilla.



















