
Por Jason Fernández Picado
promusica285@gmail.com
Nuestro país está atravesando tiempos difíciles en los últimos meses. A menos de un año para las elecciones nacionales el panorama no es muy alentador. Basta con escuchar las conversaciones en la calle o echar un vistazo a las redes sociales para darse cuenta de que la población está dividida, el ambiente político enfrenta a familiares, vecinos, amigos e incluso hasta a completos desconocidos que se enfrascan en discusiones hacia una u otra posición creando una atmósfera de tensión. En este contexto no debemos olvidar que los discursos políticos no solo impactan a los electores, sino que también llegan hasta nuestros niños y jóvenes. Es aquí donde el papel del educador toma una gran relevancia.
La sociedad espera del docente no solo que imparta conocimientos o que promueva el desarrollo de habilidades, sino también que se erija como una figura de ejemplo para sus estudiantes principalmente mediante la gestión de sus emociones, algo bastante difícil tomando en cuenta que sigue siendo un ciudadano y que también posee sus propios criterios y posiciones con respecto a lo que ocurre en el país, muchas veces incluso formando parte de agrupaciones políticas. Sin embargo, es precisamente esa conciencia de su rol social la que debe impulsarlo a ejercer su ciudadanía con responsabilidad pedagógica.
No se trata de ocultar sus pensamientos o de fingir indiferencia ante la realidad nacional, sino de tener siempre claro que sus estudiantes observan con atención el comportamiento del docente. Cómo habla, cómo resuelve conflictos, cómo maneja la frustración. Por ello, es fundamental que el aula no se convierta en otra trinchera donde se haga eco de las discusiones acaloradas de los adultos, sino más bien que se convierta en un espacio seguro en donde se promueva el respeto por las opiniones de los demás y donde prive el diálogo como respuesta ante la diversidad de criterios.
Ser ejemplo no se trata de ser neutral ni tampoco indiferente ante la realidad social. Sino que más bien se centra en encarnar los valores que queremos ver presentes en nuestros estudiantes: la empatía, la tolerancia, el respeto, la solidaridad y otros; de forma que ellos puedan aprender que se puede creer firmemente en un ideal o en un actor político sin que ello derive en conflictos, que se pueden expresar las opiniones sin que ello afecte las buenas relaciones interpersonales y, sobre todo, que más allá de nuestros ideales siempre debe de prevalecer el deseo de un bien común.
No es tarea sencilla. Requiere autocontrol, madurez emocional y una profunda vocación por la formación humana. Pero también es una gran oportunidad para formar una generación que no repita los mismos errores de intolerancia y fanatismo en los que se ha caído en la actualidad. Si logramos que nuestros estudiantes salgan de la escuela no solo sabiendo más, sino siendo mejores personas, entonces habremos cumplido nuestra misión, incluso en el contexto más adverso.
Estamos a las puertas del lanzamiento de un nuevo Programa para la Paz y la Convivencia por parte del Ministerio de Educación y sería maravilloso que se comience por convertir nuestros salones de clase en verdaderos talleres de ciudadanía en los que se fomente el pensamiento crítico y en el que la sana discusión pueda tener más fuerza que la manipulación mediática y la desinformación.
*El autor es Asesor Regional de Capacitación y Desarrollo Educativo en la Dirección Regional de Educación Grande del Térraba*



















