Miriam Quesada Chavarría
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Eran los años cincuenta en Costa Rica. Una época donde el país, como un niño con zapatos prestados, crecía a trompicones. Y si de crecer se trataba, las mujeres no se quedaban atrás, pues eran confundidas con máquinas de procrear, pariendo cada once meses, o incluso menos, en una maratón de partos que más que un milagro, era una hazaña.
En un rincón de este país, nació una niña en una familia donde el hombre bebía para ahogar las penas de una pobreza que asfixiaba, y la mujer, con una anemia crónica, llenaba sus días de embarazos en lugar de sueños.
¡Como si la vida no fuera suficientemente dura!
Y para rematar, en el parto número 15 llegaron dos. Dos almas en un solo parto, como si el destino les dijera: «¡Dos por el precio de uno!». Pero la miseria no hacía ofertas. Apenas podían digerir los pocos alimentos, y una de las gemelas, la más astuta, se dio cuenta de que el cielo era un lugar mucho más cómodo. Decidió que la lucha no era lo suyo, soltó su cuerpo y se fue, dejando a su hermana para que se alimentara del doble.
La hermanita, una verdadera luchadora, se aferró a la vida con las manos y los pies, a pesar de que estos últimos estuvieran torcidos. Aguantó enfermedades sin vacunas y agua sin potabilizar, mientras su barriga era el hogar de un montón de lombrices que, a falta de huéspedes, decidieron colonizarla.
En su casa, el orden alimenticio era claro: primero el papá, después los hermanos mayores (los hombres por supuesto), y lo que quedaba, si quedaba algo, era para tooodas las hermanas, ella y su madre.
La ropa venía de los sacos de harina de trigo, un «regalo de los dioses» que se compraba para hacer arepas y, con un poco de suerte, traían unas flores de la marca que adornaban los vestidos, las camisas y hasta los calzoncillos del papá. ¿Zapatos? ¡Eso era un lujo de ricos! Solo los hijos de los dueños de las fincas los usaban, mientras que los de los peones se tenían que conformar con sentir la tierra.
Pero la carencia, esa maestra tan dura, también tenía sus lecciones bellas. Les enseñó a vivir. A buscar ñampí en las quebradas (¡que ahora cuesta mil colones el kilo!) y a disfrutar de la naturaleza como si fuera un parque de diversiones. Los niños se subían a los palos de guayaba, el equivalente a un juego mecánico de feria, y cazaban zorros e iguanas para tener un trozo de carne en el plato. ¡Una aventura que le ganaba a cualquier película de los Croods!
Y la escuela, qué decir de la escuela. Nada de adecuaciones curriculares o condiciones de aprendizaje. El único método era la memoria y el «chilillo» que esperaba en la sala de la casa. Si no aprendías, tu mamá se encargaba de que te avergonzaras de tu pereza con un par de marcas en la espalda.
Muchos de ustedes se reirán o se pondrán nostálgicos. Y sí, nada nuevo estoy contando. Esta es la historia de muchos niños que, como la protagonista de los pies torcidos, tuvieron que luchar para que la vida les diera una oportunidad. La diferencia es que, a esta niña, sus pies torcidos se le enderezaron. No fue en una clínica, sino a fuerza de caminar, porque no había otra opción. Y así, de la nada, surgió el milagro de los pies torcidos.
Y es que, al final, los milagros no son siempre destellos de luz que caen del cielo. Son el resultado de la terquedad del alma, esa fuerza que se niega a rendirse, que se aferra a la vida con las uñas y que, a pura voluntad, endereza lo que la pobreza ha torcido



















