Miriam Quesada Chavarría
Hay vidas que se escriben con tinta, y hay otras, como la de don Rafael Ángel Sibaja Chavarría, que se escriben primero en los surcos de la tierra y luego en el alma de un pueblo.
Hijo de Orfilio y Claudina, Rafael no conoció el descanso temprano. Sus manos, antes de sostener un título, aprendieron el lenguaje del machete y la pala para sembrar arroz, el frijol y el maíz en las laderas de Tinamastes y Lagunas de Barú. Fue carrilero en las tabacaleras de La Palma, panadero de madrugadas y cantinero en las noches: depositario de historias ajenas; un joven que entendió, entre el arreo de vacas y el estudio nocturno, que el trabajo no es una carga, sino la herramienta para sostener el sagrado pilar de una familia numerosa.
Pero el destino de aquel muchacho que nació en Alajuela para florecer en Pérez Zeledón tenía una vocación mayor: la de guía. De la Escuela Normal de San Isidro saldría el maestro, aquel que recorrió comunidades rurales no solo enseñando letras, sino sembrando esperanza. Su ascenso a Director Regional de Educación en Pérez Zeledón y Quepos no fue un golpe de suerte, sino la cosecha natural de quien educó con el ejemplo.
Su paso por la educación no fue en vano, además de sus siembras filosóficas, sembró las bases del edificio propio que hoy ocupa la Dirección Regional de Enseñanza de Pérez Zeledón.
Don Rafa, el hombre que fundó Enlace, nunca permitió que la jubilación fuera sinónimo de silencio. Con la misma fuerza con la que labró la tierra en su infancia, fundó su empresa tras pensionarse, no por ambición, sino por la noble urgencia de generar empleo y guiar a otros emprendedores de la mano del movimiento cooperativo y las instituciones sociales.
En su paso como empresario se integró al consejo de Administración de Coopealianza, ayudó en la creación de proyectos como la Unión de Cooperativas del Sur, Canal 14 y el proyecto de la Funeraria Vida Eterna que pertenece a cuatro cooperativas. Todos estos proyectos exitosos y fuentes de empleo para los habitantes de Pérez Zeledón
Hoy, a sus 78 años, la vida le regala un atardecer digno de su trayectoria. En su casa rústica, donde el sonido de la catarata marca el compás de la tarde y los pavos reales despliegan su plumaje en el patio; símbolos naturales de una vida plural: el verde del campo, el azul de la enseñanza y el oro de la sabiduría compartida.
Gracias, don Rafa, por ser el arquitecto de tantos sueños ajenos y por crear un legado que, al igual que los árboles que hoy lo rodean, seguirá dando sombra y fruto a las futuras generaciones de la zona sur.


















