Miriam quesada Chavarría
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Por estos caminos bellos de mi Patria y de mi amada Región Brunca he conocido mucha gente de verdad. Personas que trabajan con amor y respeto por sus sueños, por sus comunidades y por sus empresas. Gente que no busca reconocimiento, sino resultados.
La gente de verdad está por todos lados. Podemos encontrarlos en instituciones públicas, en organizaciones comunales, en hospitales, en empresas que nacieron de la esperanza y el esfuerzo. Son aquellos que, contra viento y marea, aún creen en el poder del trabajo honesto y el compromiso genuino.
Algunos han decidido entrar en la política con la esperanza de cambiar la realidad desde dentro. Con una convicción férrea, se aventuran en un terreno hostil, creyendo que la voluntad y el amor por la Patria pueden vencer estructuras desgastadas. Pero la gente de verdad tiene enemigos de verdad.
Los sistemas burocráticos los ahogan. Las redes de corrupción los acechan. En instituciones públicas, pronto son rodeados por quienes han convertido la ineficiencia en una forma de vida. Si se atreven a desafiar el statu quo, son vistos como estorbo, como amenaza, como problema.
En la política, la gente de verdad enfrenta campañas de desprestigio. La prensa amarillista se alimenta de su lucha, exponiéndolos como idealistas ingenuos. La indiferencia del sistema los margina. Sus intentos de transformar realidades son sepultados bajo trámites, burocracia y desconfianza.
En la educación y la salud, la historia no es diferente. Profesionales apasionados por su labor pronto comprenden que su esfuerzo no siempre es bien recibido. Se enfrentan a regulaciones absurdas, a estructuras que priorizan números sobre personas, a la frustración de querer hacer más y no poder.
Los emprendedores de verdad, aquellos que levantan negocios con esfuerzo y propósito, también viven una batalla constante. El sistema económico no los protege, no los incentiva. En lugar de fortalecerlos, les pone trabas. Mientras unos pocos se enriquecen sin aportar, la gente de verdad lucha por sobrevivir.
Y en las comunidades, donde más se necesita la acción noble, la lucha es feroz. La gente de verdad se involucra, propone, trabaja, pero basta con que alguien con intereses ajenos levante rumores para que sean sepultados por la misma comunidad que intentaban ayudar.
Pero no podemos permitir que desaparezcan. La gente de verdad es la columna vertebral de nuestra sociedad. Son los que sostienen con su esfuerzo lo que todavía funciona. Son los que nos recuerdan que el compromiso y la integridad no pueden ser aniquilados por la apatía y la corrupción.
¿Qué hacer con la gente de verdad? ¿Cómo protegerlos, cómo fortalecerlos?
El primer paso es reconocerlos. No dejemos que sean invisibilizados. Escuchemos sus voces, difundamos sus historias, defendamos sus acciones.
El segundo paso es apoyarlos. Cada gesto cuenta: una palabra de aliento, un voto consciente, una compra en un negocio local, una denuncia oportuna.
El tercer paso es unirnos. La gente de verdad no está sola. Cuando se encuentran, cuando trabajan juntos, cuando se respaldan unos a otros, su impacto se multiplica.
Si queremos un país mejor, necesitamos más gente de verdad. Y necesitamos que los que ya están, sigan luchando.
¡Porque la gente de verdad está en peligro de extinción!



















