Por Jason Fernández Picado
Las escuelas unidocentes predominan en las zonas rurales de Costa Rica. Según datos del Ministerio de Educación (2023), representan el 32% del total de instituciones educativas, atendiendo a comunidades alejadas y garantizando acceso a la educación en las zonas más remotas. Quienes trabajan en estos centros enfrentan desafíos particulares: acceso difícil a la comunidad, menos recursos económicos y la exigencia de impartir clases a varios niveles simultáneamente, mientras asumen funciones administrativas como directores. En este contexto, el uso de la inteligencia artificial (IA) surge como una herramienta prometedora para aliviar parte de esa carga.
La IA puede ofrecer asistencia en áreas clave. En planificación didáctica, por ejemplo, los docentes pueden usar asistentes como ChatGPT para recibir sugerencias de estrategias diferenciadas por nivel. Esta ayuda puede facilitar la mediación pedagógica sin sustituir el juicio profesional del docente. Otra posibilidad es la elaboración de materiales personalizados. Con pocos estudiantes por aula, es viable crear actividades adaptadas a los estilos de aprendizaje individuales. Además, herramientas como Google NotebookLM permiten centralizar materiales didácticos —programas de estudio, videos, libros— y generar guías o resúmenes, optimizando el tiempo. En el ámbito administrativo, aplicaciones como Power Automate pueden automatizar la generación de informes, la organización de archivos y la creación de alertas, lo cual alivia la carga administrativa del docente y le permite dedicar más energía a la enseñanza.
Sin embargo, no todo es tan simple. Persisten limitaciones importantes, como la brecha digital. Muchas escuelas rurales carecen de conexión estable a internet, lo que hace inviable el uso efectivo de estas tecnologías. Incluso los docentes deben usar sus propios planes de datos, y a veces ni eso es suficiente. También está el reto de la formación docente específica. La IA no se puede imponer sin una capacitación adecuada. Si no se sienten seguros o convencidos de su utilidad, los docentes pueden frustrarse y abandonar su uso. La formación debe incluir no solo el “cómo usarla”, sino también el “por qué” y “para qué”.
Otro riesgo es la dependencia tecnológica. La IA no debe sustituir la experiencia ni el conocimiento contextual del maestro. Su uso debe ser siempre complementario y crítico, evitando que los procesos educativos se vuelvan mecánicos y despersonalizados. En resumen, la IA puede ser una aliada valiosa si se aplica con criterio y con políticas claras que garanticen conectividad, formación y acompañamiento. Es el maestro, con su vocación y sensibilidad, quien debe decidir cómo integrar estas herramientas para fortalecer su labor.
*El autor es Asesor Regional de Capacitación y DesarrolloEducativo en la Dirección Regional de Educación Grande del Térraba*



















