Por Jack Ewing
Los dos caballos delgados y de pelo áspero avanzaban lentamente sobre la arena compacta, con sus jinetes encorvados sobre las monturas. La oscuridad de la noche sin luna era casi total. El único signo de luz natural provenía de los destellos fosforescentes de la espuma salada del Pacífico que brotaba con cada ola que rompía. El ritmo cadencioso de las olas impregnaba la noche, sumiendo a los dos hombres en un estado de tranquilidad. Adrián iluminaba la playa con una linterna apagándola a menudo para economizar baterías. En el breve instante en que la luz artificial barrió la playa, los ojos entrenados de los hombres detectaron hábilmente las huellas reveladoras en la arena húmeda. La marea estaba subiendo y las tortugas que salían pesadamente del océano para depositar sus huevos en la playa dejaban un rastro claramente marcado.
Era el año 1978, el mes de agosto, la luna estaba empezando a salir y la escena tenía lugar en las playas Barú y Guapil, entre el río Hatillo y el río Barú. Con frecuentes paradas para desenterrar huevos, los hombres tardaron cinco horas en recorrer los nueve kilómetros de playa. No vieron otra gente. Cuando llegaron a la desembocadura del río Barú, la suave luminosidad de la luna creciente comenzaba a filtrarse a través de las nubes. Aún quedaba un largo camino por recorrer hasta llegar a casa, con los caballos ahora cargados con los huevos, además de sus jinetes. Cada hombre ató dos sacos y los colgó de los lomos de los caballos a modo de alforjas, uno a cada lado. El trabajo de la noche fue fructífero, ya que se obtuvieron algo más de 2500 huevos, la mitad de la producción anual de 24 tortugas marinas golfinas (loras). Al día siguiente, Juan Ramón distribuyó los huevos entre las familias de Lagunas, compartiéndolos con ellos como ellos habían compartido con él.
En el año 2000, la población de tortugas había disminuido notablemente. Guardas del MINAE y voluntarios de las comunidades vecinas hicieron un esfuerzo para salvar las tortugas. Todas las noches durante tres meses, recogieron los nidos en la misma extensión de playa como Adrian y Juan Ramón 22 años antes. Pasaron cientos de horas caminando y buscando, siempre con la esperanza de que el siguiente haz de luz de la linterna iluminara el perfil redondeado de una tortuga en la distancia, un regalo poco común y una recompensa por su esfuerzo. El recuento final de la temporada fue de 86 nidos con un total de 9006 huevos, de los cuales nacieron 8000 tortuguitas que liberaron en el mar, todas de la tortuga lora (Lepidochelys olivacea). Verla arrastrarse hasta la playa arriba, cavar un hoyo con sus aletas traseras, depositar sus huevos, rellenar el hoyo, compactar la arena levantándose repetidamente con las cuatro aletas y, de repente, dejar caer su dura placa ventral sobre el nido y, al borde del agotamiento total, volver al mar, es una de las experiencias más emocionantes que he vivido.
Hoy en día siempre hay voluntarios que tratan de salvar las tortugas y también hay cazadores furtivos que recogen los huevos y los venden. No tengo datos de los últimos años, pero tal vez más adelante en un futuro artículo puedo contarles los resultados del esfuerzo actual para asegurar un futuro para las tortugas.



















