Rafael Ángel Sibaja Chavarría
Muchas veces, cuando hablo de populismo, algunos amigos y hasta mis familiares me expresan que todos los candidatos son populistas. Algunos dicen que populismo significa «el poder del pueblo»; otros me dicen que los candidatos abrazan a los niños y a los adultos u ofrecen beneficios imposibles de cumplir. En realidad, tienen razón cuando se refieren a lo que yo llamaría nuestro lenguaje coloquial.
Lo que sucede es que, cuando yo me refiero al movimiento populista, es al movimiento que inició recién finalizada la Segunda Guerra Mundial y que, a través de la historia, ha convertido a distintas democracias en dictaduras. Es un movimiento que ha contribuido con la desgracia de muchas sociedades del mundo.
El populismo no es un partido político; es un movimiento antisistémico que utiliza a la democracia como instrumento para destruirla. Los ciudadanos están decepcionados con las falencias de la democracia; entonces, el populismo aprovecha esta situación para presentar una narrativa que suene bien a los oídos, haciéndoles creer que ellos son «los buenos» y los demás son «los malos».
Algunas características del libreto del movimiento populista:
- Líder carismático: Desarrollan una figura central mesiánica.
- Creación de odio: Utilizan la división social como combustible.
- Desacreditación: Sus discursos buscan destruir la imagen de instituciones y personas.
- Narrativa emocional: No elaboran programas serios; se dirigen directamente a las emociones.
- Ataque a la prensa: Eliminan la prensa independiente llamándola «prensa canalla».
- Ataque institucional: Arremeten contra la Asamblea Legislativa, el Poder Judicial, la Contraloría y el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE).
- Narrativa de corrupción: Tratan de corruptos a todos los que no están con ellos para presentarse como la única «voz del pueblo».



















