Por Alfonso Ortiz
Era el año 1980. Yo vivía en una casa alquilada en la ciudadela López Mateos. Llevaba varios días sin trabajo, y mi esposa tenía varios meses de embarazo. En la alacena no había nada para preparar el almuerzo. Eran las 12 del mediodía cuando le dije a ella que sirviera en la mesa lo que íbamos a comer. Con ojos llenos de angustia, me respondió que no había nada, solo agua. Le pedí que pusiera los platos y los vasos con agua de todos modos. Nos sentamos y oramos, dándole gracias a Dios por la salud y por el agua, sabiendo que en muchos lugares del mundo ni siquiera eso tenían. Mi esposa me miraba con los ojos llenos de lágrimas. Justo al terminar la oración, tocaron la puerta. Para mi sorpresa, era Juan Torres, un predicador puertorriqueño, quien traía en sus manos una bolsa con comida. Me preguntó si podía comer con nosotros y sin dudarlo, le dije: «Pase adelante, la mesa está servida».
Mientras comíamos, le pregunté por qué había venido a visitarnos. Él nos contó que, en realidad, había ido a imprimir unos volantes en una imprenta cercana. Mientras esperaba, le dio hambre y salió a buscar un restaurante. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de comer, escuchó una voz en su mente que le decía: «¿Por qué mejor no vas a la casa de Alfonso, que vive cerca de aquí, y compartes con él esta comida?». Obedeció esa voz y por eso llegó a nuestra casa.
Aquel día entendí que Dios siempre provee, aún en los momentos más difíciles.
¡Amén! Gloria a Dios, porque Él es fiel y cumple sus promesas. Como dice su palabra en Salmos
37:25 :
«Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan.»
Dios siempre provee en el momento oportuno. ¡Qué hermoso testimonio de su fidelidad y amor!
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