Dra. Grettel Quesada Quesada.
Licenciada en Psicología
Atención a niños, adolescentes y adultos de manera individual, en parejas y familias.
Programación de citas al WhatsApp 60867728.
En nuestra sociedad todavía existen dinámicas que dificultan que muchas mujeres expresen libremente sus opiniones, ejerzan liderazgo u ocupen posiciones de autoridad. Estas dinámicas no siempre se manifiestan mediante violencia evidente, a veces aparecen de formas más sutiles: interrupciones cuando ella habla, descalificación, burlas o chistes “inocentes”, cuestionamientos constantes, minimización o invisibilización de sus logros o la insinuación de que una mujer con carácter es “difícil”, “mandona” o es “demasiado”.
Desde la psicología social, este fenómeno puede comprenderse a partir de los estereotipos de género y de las creencias aprendidas sobre autoridad, poder y roles masculinos y femeninos. Cuando una persona ha aprendido que el hombre debe dirigir y la mujer debe adaptarse, encontrarse con una mujer segura, independiente, firme, que pone límites y con criterio propio, puede generar incomodidad, especialmente cuando la autonomía que ella manifiesta, provoca en el hombre cierta crisis ante sus creencias profundamente arraigadas o hace que él se vea en la necesidad de cuestionarlas y no hay nada más trágico para el cerebro humano que verse en la obligación de salir de la zona de confort, incluso cuando ésta implica desalojar creencias antiguas para aceptar nuevas interpretaciones de la realidad.
En algunos hombres, esa incomodidad puede experimentarse como una amenaza al sentido de identidad, autoridad o superioridad aprendido culturalmente. Él puede responder ante esta incomodidad a través de intentar recuperar el control mediante la invalidación hacia la mujer, la desvalorización de la misma, el silenciamiento o el cuestionamiento de las capacidades de ella. Esto no significa que todo hombre reaccione de esta manera, pero sí permite comprender cómo determinados aprendizajes culturales pueden favorecer estas conductas.
Sin embargo, existe otra cara del fenómeno; la mujer que aprende a disminuirse para ser aceptada o elegida.
Algunas mujeres pueden interiorizar y normalizar mensajes familiares y sociales que les enseñan que ser demasiado inteligentes, independientes, exitosas, directas o seguras puede dificultar una relación de pareja y como consecuencia, pueden comenzar a modificar su manera de hablar, ocultar sus logros, evitar expresar desacuerdos o renunciar progresivamente a sus proyectos para no incomodar, por lo tanto, la búsqueda de aceptación puede llevar a una persona a sacrificar partes de sí misma, no necesariamente porque carezca de autoestima, sino porque ha aprendido que pertenecer, agradar o ser elegida requiere adaptarse.
La transformación comienza cuando hombres y mujeres cuestionan estas creencias y reconocen que una relación (laboral, comunal, de pareja, etc) saludable no necesita superioridad ni subordinación. El criterio de una mujer no constituye una amenaza; y la seguridad de un hombre tampoco necesita construirse a costa de la autonomía femenina.
Escuchar, respetar y compartir el poder son habilidades psicológicas y sociales que pueden aprenderse.
Una mujer no debería tener que hacerse pequeña para ser elegida, ni un hombre necesitar sentirse superior para sentirse valioso.





















