José Francisco Quirós Mena
El grito recorrió los sombríos callejones a deshoras de la madrugada, se metió por debajo de las puertas y subió a los árboles y a los buses. También se metió debajo de las faldas de las mujeres y en la boca de los mudos, pero…, ¿de dónde venía? ¿Quién lo dio, a esa hora cuando cualquier ruido produce un escalofrío insufrible?
No había explicación para aclarar el acertijo que planteaba el grito. Podrían imaginarse un atropello, o el vuelo de aves asustadas porque el grito se metió entre sus plumas y salió por su pico, la herida a un hombre dirigiéndose a su casa, (con el grito acurrucado en su bolsillo), e incluso el grito de una mujer que alumbra, sin más compañía que la tijera para cortar el grito umbilical del recién nacido.
Era una noche tan fría que calaba los huesos. Recién había llegado del bar donde estuve con una mujer impetuosa, de hermosas piernas y jugosos labios. Pero esto no tiene nada que ver con el grito que escuché y que seguramente otros también escucharon…, ¡porque ese no era cualquier grito! Era uno de esos gritos que salen del alma, del fondo del estómago cuando una mano se introduce por la boca y extrae las entrañas.
Abrí la ventana y entró un vaho que desató ascos y miedos; y esa sensación de que la muerte camina por la calle y el grito escurre entre las ruedas de un auto.
No pude dejar de sentir la sacudida que experimentan los que se mueren de locura. ¿Quién puede asegurarme que aquel grito no lo dio alguien que cayó en un estado de esquizofrenia cuando el grito le entró por un oído y le salió por el otro? Estoy seguro de que ese grito salió de la boca de alguien que estaba al filo de la muerte y el espanto. En momentos así el grito produce ondas diferentes, telúricas, desgarradoras; sobre todo si es lanzado por el miedo a perder algo preciado.
A esa hora de la madrugada yo estaba despierto. Escuché un alboroto de zapatos, de gritos que huían saltándose los asientos del parque. Era desgarrador escuchar aquel alarido tratando de escapar, arrastrando la vida, raspándose las rodillas contra las aceras. Recuerdo también haber escuchado una sirena, pero no estoy seguro siquiera de que su destino fuera la calle donde vivo.
Después reinó el silencio; nadie más había en las cercanías. Y la pregunta que sigo haciéndome es: ¿Aquella noche quién gritó, si en ese momento al que mataron ya estaba muerto?



















