La guerra de los coquitos de pejibaye
Miriam Quesada Chavarría
Siendo yo muy niña, vivía sumergida en los placeres de una infancia feliz, donde cada cosa que se tenía era un tesoro. Y si el tesoro era comestible, ¡doble felicidad! En casa éramos diez hermanos y hermanas, así que compartir la comida era un arte, una coreografía de manos veloces y miradas calculadoras.
Pero había un premio secreto que solo mi hermano y yo sabíamos valorar: los coquitos de los pejibaye. Después de devorar un racimo bendito entre todos, quedaban esas semillitas duras, brillantes, como joyas tropicales. Ahí empezó la verdadera contienda. No importaba cuántos pejibayes se comieran los demás, los coquitos eran nuestra obsesión. Y en esa guerra, todo se valía.
Las reglas eran claras, aunque no escritas:
- Comer más pejibayes = más coquitos.
- Hacer alianzas con los hermanos mayores para que te los regalaran.
- Usar la astucia, el ingenio… o el drama.
Yo era una devoradora profesional de pejibayes, y como era la menor, solía recibir coquitos por ternura o por lástima. Pero mi hermano, el estratega mayor, tenía un talento especial para el tercer método: el melodrama. En una de nuestras batallas más épicas, él decidió comer como si fuera el último día de su vida. Se empachó con valentía, pero al ver que yo seguía acumulando coquitos como hormiga en verano, activó su arma secreta: el llanto.
—¡Los coquitos son míos y Miriam me los quitó! —gritaba con voz temblorosa, mientras se limpiaba los mocos con la manga de su camisa vieja, como si fuera una bandera de rendición.
Mamá, que ya conocía el repertorio, vino a impartir justicia salomónica. Me obligó a entregarle los coquitos, y no la culpo… hasta yo me desesperaba con la activación del llanto. Lo peor no era perder el botín, sino la risa burlona que él soltaba después, como si fuera el emperador del pejibaye.
Pero ese día, algo se activó en mí. Un poder oculto de gemela vengativa emergió desde mis entrañas. Deseé con todas mis fuerzas que los pejibayes le hicieran daño. Y vaya que funcionó.
A eso de las diez de la noche, “el conquistador del pejibaye” despertó con un dolor de estómago que parecía castigo divino. Corrió hacia la letrina —que quedaba como a diez metros de la casa, en plena oscuridad, dejando un rastro perfumado de pejibayes mal digeridos. La casa entera se impregnó de su penitencia.
Mamá se puso brava como nunca. Lo obligó a limpiar su desastre y, como toque final, le sirvió una pócima de gavilana, esa planta amarga como la hiel que curaba todo… menos el orgullo herido.
Yo, desde mi cama, sonreía. La dulce venganza había llegado sin que yo moviera un dedo. La justicia en las batallas infantiles dio su veredicto a mi favor y esa noche la sentencia fue diarrea con olor a pejibaye mal digerido. Porque en la guerra de los coquitos, el llanto podía ganar batallas… pero el que jugó a acaparar como emperador, terminó coronado en la letrina.



















