Miriam Quesada Chavarría.
Hace ya bastantes años, cuando los ajustes del camino hacen tomar decisiones, pude comprar mi primera casa y llegué a vivir en el Barrio Liceo Unesco, en San Isidro de El General. Allí aprendí que los muros pueden guardar secretos mucho más antiguos que sus cimientos. Desde el primer día, los susurros de los vecinos tejían una leyenda recurrente: una mujer errante, una sombra que se manifestaba sin advertencia, dejando tras de sí un rastro de inquietud y preguntas sin respuesta. Por supuesto, en aquel entonces, yo decía no creer en tales historias.
El destino, o quizás una fuerza invisible, quiso ponerme a prueba una noche cargada de una pesadez física que apenas podía soportar. El agotamiento tras un parto doble me mantenía sumida en un profundo sueño. Mis dos hijas gemelas habían llegado al mundo, pero la alegría estaba empañada: una de ellas permanecía internada en el Hospital Escalante Pradilla, luchando por su salud, mientras la otra descansaba plácidamente a mi lado.
El silencio de la madrugada fue interrumpido abruptamente. Mi hija despertó con un llanto desgarrador, un lamento que parecía brotar de un dolor intenso y súbito, como si algo invisible la estuviera agrediendo.
Aún envuelta en la neblina del sueño, me incorporé. Fue entonces cuando el aire de la habitación pareció congelarse. En el umbral de la puerta, una silueta se recortaba contra la penumbra: una figura envuelta en un manto blanco, estática y espectral. El terror, frío y punzante, me caló hasta los huesos. Sin embargo, el instinto materno fue más fuerte; ignorando el pánico, me volqué hacia mi hija para consolarla. Al dirigirle toda mi atención, la presencia se disolvió como humo en el viento.
El resto de la noche fue un desvelo absoluto. ¿Qué había sido aquello? ¿Cómo mi pequeña, que lloraba con desesperación, se había calmado instantáneamente sin que yo lograra siquiera tocarla? Y sobre todo, ¿por qué no lograba librarme de la punzante sensación de una mirada que parecía atravesar todo mi ser?
Al despuntar el día, el peso de lo ocurrido me obligó a buscar respuestas. Mi vecina, con una mirada que denotaba sabiduría y una pizca de miedo, me reveló la angustiante realidad: aquella mujer tenía la fama de acechar el sueño de los recién nacidos. No era un caso aislado; la anterior inquilina de la casa había sufrido lo mismo, obligada a cargar a su hijo durante noches enteras, pues al posarlo en la cama, el niño lloraba como si manos invisibles lo punzaran con saña. Por esta razón, la casa permanecía casi siempre sin alquilar. Además, me confesó, con un dejo de extrañeza, que desde su propiedad lograba escuchar ruidos inexplicables que provenían de mi hogar, preguntándose por qué yo no los había percibido antes.
La investigación sobre los relatos locales fue reveladora. Los vecinos hablaban de una mujer, sumida en el abismo de la adicción, cuya vida fue truncada por la violencia en la poza del Puente Rojo, a escasos doscientos metros de mi hogar. Se decía que, tras intentar un robo bajo los efectos de sustancias, la persecución culminó en una muerte violenta en las aguas del río.
Lo más inquietante es que, a pesar de que el Barrio Liceo Unesco ha crecido y se ha modernizado, la leyenda del Puente Rojo se niega a morir. Aún hoy, se escuchan testimonios de niños pequeños que, con la inocencia de quien no conoce el miedo, aseguran ver a una mujer, que escuchan, y les conversa, y, en un acto de naturalidad infantil, corren a buscar a sus madres para presentarles a la «amiga» que les pide, con voz tenue, que llamen a sus mamás.
Por supuesto, cuando la madre llega, solo encuentra un pasillo vacío y un aire gélido que parece burlarse de su ingenuidad. Aquella casa, que con tanta ilusión había comprado, se convirtió en un lugar donde la paz no podía habitar. Tras esa noche, la tranquilidad huyó de mí para siempre, y no me quedó más remedio que dejarlo todo atrás y buscar un nuevo comienzo lejos de allí.



















