Miriam Quesada Chavarría
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Allá por los años sesenta, San Isidro de El General no era cualquier pueblo: era la capital del sur de Costa Rica. Aunque sus calles lucían el lastre del campo y los caballos eran el transporte oficial, el progreso no se detenía. Al contrario, se vivía con una rapidez que sorprendía. Las avionetas de AVE y LACSA aterrizaban como mensajeras del futuro, conectando comunidades lejanas como Jiménez, Palmar, Buenos Aires, Sierpe, Volcán, Uvita y San José. Por aire, San Isidro tejía redes que por tierra aún eran sueño.
Los caballos se estacionaban en caballerizas como si fueran autos en parqueo privado, atendidos por un joven herrero que les ofrecía agua y alimento. Mientras tanto, sus dueños se refrescaban en La Reina del Valle con una copa, una cerveza bien fría o una zarza parrilla enfriada por una refrigeradora que funcionaba con canfín—sí, con canfín, porque aunque el progreso corría, todavía tenía sabor a pueblo.
Otros preferían ir al mercado, hoy convertido en complejo cultural, a tomarse un vaso de sirope acompañado de un queque negro, receta tradicional que parecía hecha para endulzar la jornada. Las mujeres, con sus vestidos bien planchados, se reunían en la Soda El Jardín, donde el café y el pinto eran el plato principal, como parte del ritual de la conversación. Los enamorados también encontraban allí su rincón, compartiendo miradas tímidas entre sorbos dulces.
Y si el calor apretaba, nada mejor que una ensalada de frutas en La Suyapa, negocio que aún hoy mantiene sus puertas abiertas, como testigo vivo de aquel San Isidro que nunca se detuvo.
El acceso al Valle del General por tierra era difícil, por eso el aeropuerto, ubicado entre Calle Central y Calle Segunda, era punto de encuentro y atajo. Todo lo comprendido entre Coopeagri Supermercado y Maica servía como campo de aterrizaje. No existía calle entre la Avenida González y el Estadio Municipal, así que la gente cruzaba por el aeropuerto para ganar tiempo, sin prestar mayor atención al tráfico aéreo.
El terreno estaba cubierto por una mala hierba llamada «pitilla”. Este pasto, además de rellenar colchones en las mueblerías locales, servía de entretenimiento para los niños traviesos, que entrelazaban sus sepas como trampas. ¡Si cruzabas sin cuidado, caías! Una caída, una risa, una anécdota. Cruel diversión para los afectados, pero carcajada segura para los espectadores.
Pero no todas las caídas fueron inocentes.
Una mañana, el pueblo se estremeció. Ana, una joven de belleza serena y mirada melancólica, vivía cerca de la antigua arrocera. Cada día cruzaba el aeropuerto para llevarle el almuerzo a su padre, un constructor que trabajaba en el centro. Aquella mañana, como tantas otras, Ana caminó entre pitillas y recuerdos, sin preocuparse por el zumbido lejano de una avioneta.
Dicen que cuando quiso correr, sus pies no le respondieron. ¿Fue el miedo? ¿Fue una trampa de pitilla? ¿O fue el destino que decidió que ese sería su último cruce? El piloto tampoco pudo hacer nada. El ala de la avioneta la alcanzó, y Ana murió al instante. El pueblo quedó mudo. El cielo, también.
Desde entonces, dicen que Ana no se ha ido.
Desde ese año, entre el bullicio de San Isidro y el silencio de sus oficinas comerciales, hay quienes aseguran que una muchachita de ojos tristes y vestido blanco se aparece por instantes. Guardas de seguridad, oficinistas solitarios, y hasta repartidores distraídos han sentido su presencia.
Puertas que se abren solas. Objetos que caen sin razón. Un suspiro en medio del pasillo. Son señales de que Ana está cerca. Dicen que recorre el antiguo aeropuerto buscando respuestas, como si el tiempo no le alcanzara para entender lo que le ocurrió.
Ana no grita. Ana no asusta. Ana observa. Y en sus ojos tristes, las gentes que la ven entienden que aún trata de entender qué fue lo que pasó.



















