En un mundo de certezas científicas y avances médicos, la fe a menudo se alza como el ancla de la esperanza. A veces, ante la adversidad más grave, es la confianza inquebrantable en un poder superior lo que guía a quienes se quedan sin recursos. La historia que vas a leer es un testimonio vivo de que, cuando todo parece perdido, un acto de fe puede abrir la puerta a un milagro. Es el relato de una vida que, desde su nacimiento, fue protegida por la mano divina, enfrentando una enfermedad mortal en una época sin vacunas ni curas. Esta es la historia de cómo un trapo rojo, una recomendación inesperada y la fe de una madre se unieron para desafiar a la muerte y trazar un camino de esperanza que duró toda una vida.
GUARDADO DESDE EL VIENTRE DE MI MADRE
Por Alfonso Ortiz
El 30 de abril de 1955 abrí los ojos por primera vez. Mi madre, Ana Isabel, descansaba feliz en la clínica Carit, agradecida de haberme dado a luz sano y fuerte. Los médicos me nombraron “bebé del año”, y pronto nuestra foto estuvo colgada en el Ministerio de Salubridad Pública.
Dos años después, el sarampión negro puso mi vida en peligro. Era una enfermedad mortal y, sin vacuna disponible, muchos niños no sobrevivían o quedaban con secuelas. Mi madre me veía llorar con fiebre altísima y temía lo peor. Un día, una desconocida que pasó frente a la casa le aconsejó cubrir mi cuna con una tela roja y cerrar las ventanas. Aferrada a la esperanza, mi madre obedeció. Poco a poco mi cuerpo se llenó de ampollas, la fiebre cedió y, tras cuarenta días de aislamiento, sobreviví.
Cuando me llevaron al hospital, los médicos advirtieron que muchos niños quedaban ciegos tras el sarampión. Yo, aunque débil y tan flaco que tuve que aprender a caminar de nuevo, no sufrí daños en la vista. Creo firmemente que Dios me guardó: me dio fuerzas al nacer y envió a aquella mujer con la indicación precisa para protegerme de la luz. Nunca tuve problemas de visión hasta después de los cincuenta años, cuando empecé a usar lentes.
Lo curioso es que, años más tarde, trabajé como fotógrafo. Pasaba horas en cuartos oscuros iluminados por luces rojas, sin temor ni incomodidad. Durante 25 años desarrollé imágenes en esa misma tonalidad que un día marcó mi salvación.
Al mirar atrás, solo puedo exclamar: ¡Cuán grandes y maravillosas son tus obras, Señor!



















